SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Todo el tiempo pertenece a Dios
Reflexionemos más profundamente sobre cómo podemos entregarle nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La memoria trae el pasado al presente. Sabemos cuán poderosa puede ser esta experiencia en el plano humano. Un recuerdo —evocado por una fotografía, una historia, un lugar o cualquier otro medio— puede llenarnos de alegría o hacernos derramar lágrimas. El pasado irrumpe en el presente.
Cada vez que se celebra la Eucaristía sucede lo mismo: el pasado —el único sacrificio de Cristo en la cruz— se hace presente de nuevo sobre el altar. También aquí las reacciones pueden ser diversas: podemos experimentar gratitud o tristeza. Más profundamente aún, nuestra aceptación o rechazo de esa realidad que se nos hace presente —el amor de Cristo— puede conducirnos a una alegría eterna o a una tristeza eterna.
La esperanza, en cambio, trae el futuro al presente. También esto lo conocemos en el plano humano. Cuando pensamos en nuestro desempeño en un acontecimiento próximo —ya sea una competencia deportiva, un recital de música, una reunión de trabajo o un encuentro importante con otra persona— la calidad de nuestra esperanza determina cómo nos preparamos para ese momento. Si no tenemos esperanza de un buen resultado, nos preparamos con desgano. Si esperamos un buen resultado, nos preparamos con diligencia. En cualquier caso, el futuro se hace presente.
Lo mismo ocurre en la vida espiritual. El papa Benedicto XVI lo expresa con gran claridad en su encíclica sobre la esperanza (Spe Salvi): «La fe no es solamente un tender hacia las realidades futuras que aún están totalmente ausentes; nos da ya ahora algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada… el presente queda tocado por la realidad futura, de modo que las cosas futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras».
Todo esto es un don de Dios. En todos los niveles —desde nuestra experiencia cotidiana hasta los sacramentos— Dios busca atraernos hacia su eternidad, donde ya no existe el pasado ni el futuro, sino únicamente un eterno presente.
¿Por qué todas estas reflexiones sobre el tiempo? Porque en pleno verano celebramos a dos grandes santos: San Benito de Nursia, el 11 de julio, y San Buenaventura, el 15 de julio.
San Benito vivió durante el colapso cultural y político del Imperio romano. Su respuesta más profunda a esa crisis fue reorganizar el uso de su tiempo: comenzó a medir sus días por la Liturgia de las Horas, en lugar de hacerlo por las horas del reloj. Al ordenar su vida en torno a la oración, creó los cimientos de una cultura alternativa. Puso nuevamente a Dios en el centro del tiempo, y las personas —hambrientas de una alternativa— acudieron a él. Quizá podríamos aprender algo de su ejemplo.
San Buenaventura fue ministro general de los franciscanos en un tiempo de crisis para su orden religiosa. Su respuesta a esa crisis —sobre la cual el papa Benedicto escribió un libro— fue desarrollar una teología de la historia. Frente a la crisis religiosa, San Buenaventura puso el acento en el camino del alma hacia Dios y en el rumbo de la historia hacia los últimos tiempos, guiando así a la orden desde la crisis hasta la paz. Quizá también podríamos aprender algo de él.
Es verano, y nuestra percepción del tiempo suele ser diferente. Junto con San Benito, el papa Benedicto y San Buenaventura, reflexionemos más profundamente sobre cómo todo el tiempo —pasado, presente y futuro— pertenece a Dios; sobre cómo Él nos regala cada uno de esos tiempos; y sobre cómo podemos entregarle más plenamente nuestro tiempo y nuestra historia.