SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Regresar a la tierra prometida de la alegría implica deshacer los hábitos del pecado
En lugar de quejarnos, debemos transformar las injusticias y frustraciones que experimentamos en una ofrenda a Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
¿Podemos hablar del pecado? Sé que no es un tema cómodo, pero es necesario y puede ser muy útil.
Sin embargo, en lugar de comenzar con una definición, comencemos con nuestra propia experiencia. Cuando algo sale mal —alguien se cruza delante de nosotros en el tráfico, nos enfermamos, nuestro vuelo se retrasa, etc.—, ¿cuál es nuestra primera reacción? ¿Cuál sería nuestra mejor reacción? ¿Y cuánto tiempo nos toma pasar de una a la otra? (O, dicho de otra manera, ¿con qué frecuencia nuestra primera reacción termina siendo nuestra única reacción?)
Nuestra primera reacción suele ser enfurecernos contra el otro conductor, quejarnos de la enfermedad, protestar contra las aerolíneas y cosas por el estilo. A veces, ¡ni siquiera estamos seguros de cómo sería una buena reacción! (Pista: implica convertir la dificultad en una ofrenda).
Aquí es donde resulta útil hablar del pecado. La distancia entre nuestra primera reacción y nuestra mejor reacción es la distancia entre el estado espiritual en el que estamos viviendo y el Reino de los cielos. Nos ofrece una especie de mapa espiritual de dónde estamos y del camino que debemos recorrer para crecer en santidad.
Durante estas semanas se nos ofrecen varias lecturas del profeta Ezequiel. Él hizo de su propia vida una imagen profética de las consecuencias del pecado de Israel: el exilio. Luego, cuando llegó el exilio, se convirtió en el profeta del regreso. ¿Recuerdan los huesos secos que vuelven a la vida? Ciertamente, esto apunta hacia la futura resurrección. Pero, en su contexto original, también era una imagen profética del regreso de la condición de muerte del exilio.
Así como la vida y la misión de Ezequiel fueron una lección para el antiguo Israel, la historia del antiguo Israel es una lección sobre la vida espiritual para nosotros. También nosotros sufrimos un exilio espiritual de la tierra prometida de la alegría a causa de nuestros pecados; cada uno de nosotros lo sabe por experiencia. Y también anhelamos regresar. Hacer que nuestros huesos secos vuelvan a la vida implica deshacer los hábitos de pecado que han echado raíces en nosotros.
El 19 de agosto celebramos la fiesta de san Juan Eudes, quien nos ofrece una hermosa reflexión sobre lo que necesitamos. Él dice: «Él [Jesús] desea que todo lo que hay en Él viva y reine en ti: su aliento en tu aliento, su corazón en tu corazón, todas las facultades de su alma en las facultades de tu alma». Así, por ejemplo, toda la tristeza de Jesús —que lloró sobre Jerusalén— y toda su generosidad —entregó su propia vida por nosotros y para nosotros— nos pertenecen como miembros de su Cuerpo. ¿Las utilizamos?
Las reacciones de Jesús son como regalos de Navidad que ya nos han sido entregados y están esperando ser abiertos. Nuestro progreso en el discipulado puede medirse mediante las respuestas a tres preguntas: ¿Deseas abrir esos regalos? ¿Estás esforzándote por utilizar esos dones? ¿Cómo te está yendo al permitir que esos dones se conviertan en hábitos? Las respuestas a esas preguntas nos ofrecen una especie de mapa de ruta: nos dicen dónde estamos, cuánto nos falta por recorrer en la vida de discipulado y cuál es nuestro próximo paso.
Hay tantas situaciones en la vida ante las cuales podemos decir: «¡No es justo!». Aunque eso sea cien por ciento cierto, todavía tenemos que hacernos una pregunta fundamental: ¿Transformaremos esa injusticia en una oportunidad para quejarnos, o la convertiremos —como hizo Jesús— en una ofrenda?
El 22 de agosto celebramos la fiesta de Santa María Reina, y el 25 de agosto la fiesta de san Luis, rey de Francia. Pidámosles que nos ayuden a gobernar nuestra vida de una manera más profunda, para que podamos pasar con mayor rapidez y facilidad de nuestras primeras reacciones a las propias reacciones de Jesús ante las frustraciones del mundo.