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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Lo que hacemos y cómo lo hacemos importa al trabajar por el Reino de Dios

El ejemplo de Nicodemo nos muestra que no todos los encuentros con Jesús tienen un resultado inmediato y visible.

Archbishop Mitchell T. Rozanski
Abp. Rozanski

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

“Con.”

“[Ellos] seguían anunciando la Palabra de Dios con valentía.” Así nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles esta semana, al describir la respuesta de los apóstoles después de haber sido encarcelados.

Más adelante, el sumo sacerdote y los saduceos, «llenos de envidia», vuelven a meterlos en la cárcel.

Ese “con” merece nuestra atención. No describe lo que hicieron, sino cómo lo hicieron.

Sabemos lo que es decir algo con arrogancia o con humildad. Sabemos lo que es hacer una pregunta con agresividad o con auténtico interés. Sabemos lo que es dar una donación con orgullo o con sencillez. Sabemos lo que es cargar una injusticia con rabia o con confianza en que Dios tiene la última palabra. Sabemos lo que es anunciar el Evangelio con timidez o con valentía, o presentar la enseñanza de la Iglesia con impaciencia o con paciencia.

Detengámonos un momento en esta pregunta: ¿Qué es lo que mueve los corazones y hace avanzar la historia hacia el Reino de Dios?

En la física, la fuerza es una combinación de masa y aceleración. En nuestra labor por el Reino, el impacto no depende solo de lo que hacemos, sino de la combinación entre lo que hacemos y cómo lo hacemos. No es solo el “qué”, sino también el “cómo” lo que importa.

Nicodemo

Esta semana escuchamos el inicio del encuentro entre Jesús y Nicodemo. Es algo muy llamativo en el Evangelio de Juan: ese primer diálogo no tiene un final claro. (¡Lean el capítulo 3 de Juan! No dice, por ejemplo, “y luego Nicodemo se fue”.)

En muchos otros encuentros del Evangelio de Juan sí vemos un desenlace: la mujer samaritana (Juan 4), la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8), el ciego de nacimiento (Juan 9), el diálogo con Pilato (Juan 18–19). Las personas tienen un encuentro con Jesús, y ese encuentro termina en una decisión.

Con Nicodemo es distinto. Su “encuentro” con Jesús se desarrolla a lo largo de casi todo el Evangelio. Aparece en Juan 3, luego en Juan 7, y su momento decisivo no llega hasta Juan 19. Contemplar el camino lento de Nicodemo hacia esa decisión puede ayudarnos a comprender que la conversión, tanto en nosotros como en los demás, muchas veces es un proceso gradual.

Todos tenemos momentos en los que podemos decirle a Jesús: “No entiendo”. Y muchas veces, en ese momento, tomamos una decisión: alejarnos porque no entendemos, o quedarnos con Él aun sin comprender. Nicodemo representa a esa persona que no toma una decisión inmediata. El encuentro sigue dando vueltas en su mente y en su corazón. Jesús sigue obrando en él, de manera invisible, a lo largo de todo el Evangelio, hasta que finalmente Nicodemo decide entregarse por completo.

Esto nos ofrece una hermosa invitación a la reflexión, especialmente cuando pensamos en seres queridos que aún están en camino, o en partes de nuestro propio corazón que todavía están decidiendo. Sigamos confiando esas personas —y esas partes de nosotros mismos— a la obra silenciosa e invisible de Jesús.

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