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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | La enseñanza de la Iglesia sobre la transubstanciación puede transformar nuestro trabajo en el mundo

Enfrentamos la misma decisión que aquellos que escucharon a Jesús hablar de su carne como el Pan de Vida

Archbishop Mitchell T. Rozanski
Abp. Rozanski

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

No hay forma de evitarlo: esta semana leemos el discurso del “Pan de Vida” del capítulo 6 del Evangelio de Juan, y Jesús dirige insistentemente nuestra atención a su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía.

Lo que Jesús dice en Juan 6 coincide con los relatos de la Última Cena en Mateo 26, Marcos 14 y Lucas 22. Jesús dice del pan: “esto es mi Cuerpo”, y del vino dice: “esta es mi Sangre”. San Pablo relata lo mismo en 1 Corintios 11. Esta es la enseñanza transmitida a él por los primeros creyentes.

Jesús tuvo la oportunidad de matizar lo que dijo acerca de su carne como el Pan de Vida. Podría haber dicho: “Estaba hablando de manera simbólica”. No lo hizo. Al contrario, insistió aún más en el sentido literal, pasando de un término general para “comer” (que podría haberse interpretado simbólicamente) a un término más gráfico — como “masticar” o “roer” — que no deja lugar a dudas sobre su intención.

Esa es, fundamentalmente, la razón por la que hablamos de la “Presencia Real” de Cristo en la Eucaristía: porque Él lo dijo y claramente quiso decirlo. Y fue impactante para quienes lo escucharon por primera vez. La reacción común queda bien expresada en Juan 6,66: “Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no andaban con Él.” Nosotros enfrentamos la misma decisión.

La Iglesia desarrolló su enseñanza sobre la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía de manera aún más precisa en la doctrina de la transubstanciación (ver Catecismo de la Iglesia Católica 1373-1376). En términos sencillos, esto significa que la apariencia externa (en lenguaje técnico, las “especies”) permanece como era — pan y vino — mientras que la realidad interna (en lenguaje técnico, la “sustancia”) se convierte verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Estos términos traducen, en un lenguaje filosófico preciso, lo que Jesús dijo: esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre, y si no comen mi Carne y no beben mi Sangre, no tienen vida en ustedes.

Aunque no es exactamente lo mismo, esta enseñanza está relacionada con la promesa de transformación que Jesús nos hace. Nuestra realidad externa puede permanecer igual, mientras que la realidad interior de nuestra vida es transformada radicalmente por la fe en Jesús. Lo vemos cada vez que una persona es bautizada: se ve igual antes y después, pero — en lo más profundo de su ser — se ha convertido en algo distinto. San Pablo lo expresa cuando dice: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).

De nuevo, aunque no es exactamente lo mismo, esta enseñanza también se relaciona con la forma en que los cristianos estamos llamados a interactuar con el mundo. Ser cristiano no significa que tengamos que abandonar nuestras ocupaciones seculares. En ese sentido, la “realidad externa” puede permanecer igual. Pero la realidad más profunda es que, cualquiera que sea nuestro trabajo, estamos llamados a transformar el mundo, acercándolo cada vez más al Reino de Dios.

La enseñanza de la Iglesia sobre la transubstanciación, entonces, no es una doctrina abstracta con poca importancia práctica. Está fundada en las propias palabras de Jesús. Tiene profundas implicaciones para nuestra identidad. Y puede transformar nuestro trabajo en el mundo.

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