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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Al cumplir Estados Unidos 250 años: celebrar, arrepentirse y renovarse

Este 4 de julio, podemos mirar las imperfecciones de nuestro país y comprometernos a hacer algo para ayudar a corregirlas

Archbishop Mitchell T. Rozanski
Abp. Rozanski

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Mientras celebramos el 250.º aniversario de nuestra nación, reflexionemos sobre tres cosas.

Primero: ¡la celebración! Es apropiado que celebremos el nacimiento de nuestra nación como un gran don tanto para nosotros mismos como para el mundo.

Hay muchas cosas que conforman el “genio de Estados Unidos”, pero yo señalaría una de ellas: la convicción de que lo sin precedentes es posible. ¿Separarnos de la nación madre? Algo sin precedentes en aquel tiempo, y aun así lo hicimos. ¿Establecer —y sostener— una república democrática en lugar de una monarquía? Algo sin precedentes en aquel tiempo, y aun así lo logramos. La expedición de Lewis y Clark, el vuelo impulsado por motores, poner a un hombre en la luna. Una y otra vez, de muchas maneras diferentes, hemos demostrado una capacidad especial para imaginar y alcanzar lo que antes parecía imposible. Mirar hacia atrás en estos logros debe abrir nuestra imaginación hacia el futuro: ¿qué más podremos alcanzar?

Segundo: el arrepentimiento. Al mirar los numerosos logros de nuestra nación, también encontramos muchos fracasos. Qué apropiado es que la Iglesia nos presente esta semana la lectura del profeta Amós, quien llamó al arrepentimiento nacional en el antiguo Israel. En su encíclica recientemente publicada Magnifica Humanitas, el papa León XIV hace un llamado a realizar un examen de conciencia basado en la Doctrina Social de la Iglesia. De manera similar, podríamos preguntarnos unos a otros: Si pudieras rebobinar la historia nacional y reescribir algún aspecto de ella, ¿qué cambiarías?

Creo que hay muchas buenas respuestas a esa pregunta, porque hay muchas imperfecciones en nuestra historia. Así como tenemos muchas profesiones diferentes, cada una aportando de manera particular al florecimiento de la sociedad, también puede haber muchas realidades del pasado que llamen nuestra atención y necesiten sanación. Por eso preguntémonos unos a otros: «¿Qué es aquello que más llama tu atención?»

Si yo tuviera que señalar una cosa, sería esta: el cuidado de los más vulnerables. Podemos mirar el legado de la esclavitud y la desigualdad racial. Podemos mirar la manera en que siempre hemos tratado a los inmigrantes; sí, somos una nación de inmigrantes, pero la historia muestra que, al principio, siempre los hemos tratado mal. También podemos —y debemos, especialmente en estos tiempos— mirar a los más vulnerables entre nosotros: los no nacidos. Seguimos quitando directamente la vida a más de un millón de niños no nacidos cada año. Tenemos fortalezas que celebrar y defectos persistentes de carácter que lamentar.

Tercero y último: teshuvá. Es un concepto que tomo prestado de nuestros hermanos y hermanas judíos. Aunque a menudo se traduce como “arrepentimiento”, no significa simplemente sentir remordimiento. Significa “volver”, demostrar —mediante nuestras acciones— que nos hemos apartado del mal y hemos hecho algo para reparar lo que estaba equivocado.

Propongo lo siguiente: Cuando miramos los errores de la historia de nuestra nación, es fácil quejarnos de los demás y esperar que “ellos” solucionen las fallas. ¿Y si, en cambio, miramos esas imperfecciones y nos comprometemos personalmente a hacer algo que ayude a corregirlas, a realizar teshuvá con nuestras propias vidas? Jesús ciertamente nos mostró que ofrecer la propia vida como sacrificio puede transformar la vida de otros. ¡Sigamos su ejemplo!

Esta semana tenemos la oportunidad de reconocer los logros de nuestra nación, admitir sus faltas y convertir nuestra propia vida en una contribución para un futuro mejor. Esa es una gran manera de celebrar el Día de la Independencia.

¡Que Dios bendiga a Estados Unidos!

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