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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Un sacrificio sencillo puede llevarnos a una mayor receptividad a la gracia

Vivimos en la tensión entre los placeres que disminuyen nuestra receptividad y el sacrificio que la agudiza

Archbishop Mitchell T. Rozanski
Abp. Rozanski

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El libro de Daniel comienza con el antiguo Israel en el exilio. Un grupo de jóvenes es elegido para recibir formación y prepararse para servir al rey de Babilonia. Como parte de su formación, se les asigna una porción de la comida y el vino de la propia mesa del rey: los mejores alimentos y vinos, destinados a fortalecerlos para su trabajo.

Daniel encabeza un grupo que consigue que les den verduras y agua en su lugar. En vez de debilitar sus fuerzas, este sacrificio de ciertos lujos parece profundizar su receptividad a la gracia de Dios en sus estudios. Al cabo de tres años de formación, nadie está a la altura de Daniel y sus compañeros. El texto dice que eran «diez veces mejores» que todos los demás cuando se trataba de responder a cualquier pregunta sobre conocimiento o sabiduría.

Un sacrificio sencillo, pero intencional, los llevó a una mayor receptividad en el estudio, que a su vez los condujo a una sabiduría más profunda en la vida y el trabajo. Es un patrón sencillo. Aparece con frecuencia en la Biblia y nos ofrece un modelo para nuestras propias vidas.

Un poco más cerca de casa, esta semana celebramos, el 13 de noviembre, la fiesta de la primera ciudadana estadounidense en ser canonizada: santa Francisca Javier Cabrini. La vida de la madre Cabrini fue un gran ejemplo de este patrón bíblico: fue una vida de sacrificio; su sacrificio la llevó a una mayor receptividad a la gracia de Dios; esa receptividad a la gracia le permitió tener más para ofrecer y, precisamente porque tenía más para ofrecer, vivió una vida de ministerio extraordinariamente fecundo.

Sacrificio, receptividad, fecundidad. No tenemos que limitar nuestra alimentación a verduras y agua como Daniel, ni recorrer el mundo cuidando de los huérfanos y los pobres como la madre Cabrini. Pero todos podemos aplicar un poco de esta misma lección a nuestras vidas.

En el jardín del Edén, Adán y Eva estaban llamados a aprender esta lección. Fracasaron. Nosotros heredamos las consecuencias de su fracaso. En el huerto de Getsemaní, Cristo fue sometido a la misma prueba. Él salió victorioso. Por la fe, tenemos acceso a su victoria.

Vivimos en la tensión entre los placeres que disminuyen nuestra receptividad y nos dejan con menos para ofrecer, y el sacrificio que agudiza nuestra receptividad y nos da más para ofrecer. Nos sentimos atraídos en ambas direcciones. ¿Cuál elegiremos?

Al comienzo del Evangelio de san Juan, Jesús purifica el Templo: lo vacía y expulsa de él todo lo que no pertenece allí. Hay un paralelismo interesante, porque su cuerpo es el verdadero templo y Él se despojó de sí mismo, tanto en su Encarnación como en su Pasión y Muerte. Pero luego, como dice san Pablo: «Ustedes son edificio de Dios». Así que la pregunta es: ¿Cómo purifica Jesús el templo que somos nosotros?

Primero, nos invita. En nuestros mejores días, su invitación es suficiente. Sin embargo, a veces tiene que expulsar a los cambistas de nuestros corazones. A veces aceptamos humildemente esa purificación; otras veces la rechazamos con orgullo. Así que, como último recurso, se sacrifica a sí mismo, no para purificarse Él, sino para purificarnos a nosotros: «Jesucristo, que se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que le pertenezca» (Tito 2). La pregunta es: ¿Reclamaremos el don que nos ofrece?

La vida misma de Dios se nos ofrece. Un pequeño sacrificio en nuestras vidas profundiza nuestra receptividad a ese don. Una receptividad más profunda significa que tenemos más para ofrecer al mundo. Y, ¡vaya si el mundo necesita experimentar más el amor de Dios! ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para experimentar nosotros mismos ese amor y ofrecérselo a los demás?

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