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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | La gracia de Dios transforma la tristeza en triunfo

No importa lo que estemos enfrentando, podemos acudir a Dios con esperanza

Archbishop Mitchell T. Rozanski
Abp. Rozanski

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

¡Es tiempo de comenzar algo! Ese es uno de los grandes temas de las lecturas de esta semana.

Comienza el Tiempo Ordinario. La Primera Semana del Tiempo Ordinario (en el calendario litúrgico de la Iglesia) empieza el 12 de enero.

También comenzamos una larga secuencia de lecturas que nos llevará por el Primer y Segundo Libro de Samuel y el Primer Libro de los Reyes, hasta el inicio de la Cuaresma. Y esas lecturas empiezan con un comienzo: escuchamos la historia de la concepción de Samuel — el primero de los grandes profetas — y su llamado (el famoso pasaje de “Aquí estoy, Señor”).

Esta semana también comenzamos una larga serie de lecturas del Evangelio de san Marcos que, al verse interrumpida por la Cuaresma y la Pascua, se extenderá hasta el 6 de junio. Estas lecturas comienzan con varios comienzos: el inicio de la predicación de Jesús en Galilea; el llamado de los primeros apóstoles (Simón, Andrés, Santiago, Juan y Leví); y el comienzo de la gran controversia con los escribas sobre la predicación y las curaciones de Jesús. (No olvidemos que el llamado de Leví también puede considerarse el comienzo de la redacción del Evangelio de san Mateo).

Por último, esta semana celebramos la fiesta de san Antonio el 17 de enero. Él es considerado el iniciador del movimiento monástico.

Todos estos comienzos parecen muy prometedores — y lo son. Pero es importante recordar cómo el dolor también tiene un lugar en ellos.

Las lecturas del Primer Libro de Samuel comienzan con la tristeza de Ana por su infertilidad: “Con el alma llena de amargura oraba al Señor y lloraba sin consuelo”.

Las lecturas del Evangelio de san Marcos comienzan con la nota: “Después de que Juan fue arrestado”… y ya sabemos cómo termina eso. Incluso escuchamos los comienzos de la monarquía en el antiguo Israel, que parecen gloriosos. Pero el origen de esa monarquía — que pasará por David y culminará en Jesús — es el rechazo de Dios como rey de Israel. Triste.

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