SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | El problema de la bondad mal entendida
El Evangelio nos llama a algo más profundo: permitir que nuestros corazones sean configurados según Cristo

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
«Les suplico que no me muestren una bondad mal entendida». Estas palabras, pronunciadas por San Ignacio de Antioquía camino al martirio, nos ofrecen hoy una crítica y un desafío.
La «bondad mal entendida» describe bien a la cultura contemporánea, que nos dice: «Eres básicamente bueno. Por lo tanto, si sigues tus deseos, todo saldrá bien». Aunque concedamos que la intención es amable, podemos reconocer que esa bondad está mal orientada por varias razones.
Primero, porque sabemos —en lo más profundo de nuestro corazón— que nuestros deseos son una mezcla de bien y de mal.
Segundo, porque la cultura lleva décadas fomentando este patrón, y el hecho de «seguir nuestros deseos» no está dando buenos resultados.
Tercero, porque eso no es lo que Jesús nos enseñó. Él no tuvo que hacerse hombre y subir a la cruz porque estuviéramos básicamente bien. Lo hizo porque necesitamos ser rescatados. Y nos dijo: debes morir a ti mismo y configurarte según mí. Eso será glorioso, pero a veces va a doler.
Hay dos preguntas que todos necesitamos hacernos:
¿Es esto (sea lo que sea) coherente con mis deseos?
¿Es coherente con los Evangelios?
No podremos vivir un discipulado de todo corazón sin hacernos ambas preguntas. Pero también debemos ponerlas en el orden correcto.
La cultura contemporánea propone que, si algo es coherente con nuestros deseos pero incoherente con los Evangelios, entonces los Evangelios deben dejarse de lado. El discipulado auténtico invierte ese orden. Si algo es incompatible con el Evangelio, pero lo deseamos —como el adulterio, el robo o el consumo excesivo de alcohol— entonces nuestras acciones no pueden someterse a nuestros deseos.
Y atención: eso no elimina los deseos. Debemos reconocerlos. Pero luego los llevamos a la cruz y permitimos que nuestros corazones sean conformados a Cristo. Y ahí es donde el discipulado, a veces, duele.
Solo cuando algo es coherente con los Evangelios —como el matrimonio o el sacerdocio, o ser médico o maestro— hacemos la siguiente pregunta: ¿lo deseo? Ahí es donde entra en juego el discernimiento.
Un buen entrenador nos lleva más allá de nuestra zona de confort para conducirnos hacia la excelencia. El discipulado hace lo mismo. Una y otra vez, en los Evangelios, Jesús nos dice lo mismo que dicen los grandes entrenadores: «Espero más de ti porque deseo más para ti».
En el Monte Carmelo, el profeta Elías propuso una prueba a los profetas de Baal. ¡Elías estaba en una desventaja abrumadora de 450 contra 1! Sin embargo, preparó dos altares con un sacrificio y desafió a los profetas de Baal: invoquemos cada uno a nuestro dios. El Dios que responda con fuego y consuma el sacrificio será el Dios verdadero.
Podríamos realizar una prueba semejante en nuestra propia vida. Si seguimos la propuesta de la cultura contemporánea —seguir nuestros deseos y dejar de lado el Evangelio—, ¿cómo resulta? ¿Nos satisface realmente? Yo creo que no. De hecho, esta es básicamente la descripción que hace Dante Alighieri del infierno en La Divina Comedia: somos consumidos por nuestros propios deseos.
Por el contrario, San Lorenzo Justiniano nos presenta el ejemplo de María: «No se dejó guiar por sus propios sentidos ni por su propia voluntad; así realizó exteriormente, por medio de su cuerpo, aquello que la sabiduría interior inspiraba a su fe… Imítala, alma fiel».
Si intentamos vivir de esa manera —permitiendo que nuestros corazones sean configurados según el Sagrado Corazón de Cristo— Dios responderá poniendo su fuego en nuestras vidas.