SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | ¿Y si de verdad creyéramos?
Si de verdad creyéramos en el cielo, quizás afrontaríamos la muerte como nuestra entrega final en las manos de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La tradición de la Iglesia dedica el mes de noviembre a recordar de manera especial a los difuntos en nuestras oraciones. Inspirado por las diversas lecturas que la Iglesia nos ofrece esta semana, quisiera plantear una pregunta: ¿Y si de verdad creyéramos?
¿Y si, de acuerdo con el libro de la Sabiduría 3, de verdad creyéramos que «las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento»? Eso podría darnos el valor y la confianza necesarios para hacer lo correcto, tanto si ganamos como si perdemos según los criterios de este mundo.
¿Y si, de acuerdo con el segundo libro de los Macabeos 12, de verdad creyéramos que la purificación es posible y necesaria incluso después de la muerte? Eso podría animarnos a esforzarnos más por desprendernos de nuestros apegos mundanos, sabiendo que tarde o temprano tendremos que renunciar a ellos para entrar en el cielo.
¿Y si, de acuerdo con la sorprendente reflexión de san Ambrosio, de verdad creyéramos que «Dios no decretó la muerte desde el principio, sino que la estableció como remedio»? La estableció como remedio porque siempre está obrando para sanarnos. La estableció como remedio porque, sin ella, estaríamos condenados a vivir eternamente dentro de los límites morales y físicos de un mundo caído. En lo más profundo de nuestra alma, no queremos vivir para siempre en este mundo, porque fuimos creados para la eternidad. La muerte es el único camino por el que pasamos de los límites de este mundo a las alegrías ilimitadas del cielo (aunque también tenemos la posibilidad de permanecer para toda la eternidad en los pecados que hemos elegido). Si de verdad creyéramos esto, quizás perdería fuerza el atractivo del transhumanismo, que solo promete una salvación limitada a este mundo.
¿Y si, de acuerdo con la exhortación de san Pablo a los romanos, de verdad creyéramos que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»? Quizás sentiríamos menos ansiedad, porque la semilla de la eternidad ya ha sido plantada en nuestra alma. Al mismo tiempo, quizás nos esforzaríamos más por cultivar los dones del Espíritu Santo, para experimentar más profundamente el amor de Dios nosotros mismos y compartirlo con mayor profundidad con los demás. ¡Qué mundo tan distinto tendríamos!
¿Y si, de acuerdo con las propias palabras de Jesús, de verdad creyéramos que «habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse»? Eso podría cambiar el tono acusador que tantas veces adoptamos con nosotros mismos —y con los demás— y sustituirlo por la delicada habilidad de Jesús para tratar a las personas.
Si de verdad creyéramos en el cielo, quizás afrontaríamos la muerte de otra manera. En lugar de verla como un enemigo al que debemos mantener a raya a toda costa, podríamos verla como nuestra entrega final en las manos de Dios. Y podríamos practicar esa entrega en nuestra vida cotidiana.
Así que, este noviembre, ¡esforcémonos por creer de verdad!