SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA | Jesús hizo de su vida una reparación y nos llama a hacer lo mismo
Aunque podemos sentirnos tentados a responder a los males del mundo con rabia o resignación, la reparación es una respuesta más eficaz

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
¿Alguna vez han tenido hambre de algo que no fuera comida?
Cuando intentan resolver
un crucigrama, quizá tengan hambre de encontrar una palabra que encaje con la pista. Los comentaristas deportivos podrían anunciar que los Cardenales están «hambrientos de una victoria». Tal vez anhelemos una reconciliación familiar. A algunos niños se les describe como «hambrientos» de atención o afecto.
Esto nos ayuda a comprender lo que Jesús quiere decir cuando afirma: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia». Son personas que agudizan su sensibilidad ante los males del mundo y «tienen hambre» de corregirlos.
Hay diferentes maneras de reaccionar ante las cosas que están mal en el mundo. Una es la resignación: pensar que nada cambiará jamás y que, por lo tanto, no tiene sentido gastar energía tratando de hacer algo. Es una actitud tentadora porque contiene una parte de verdad. A lo largo de los muchos siglos de la historia, la naturaleza humana realmente no ha cambiado. Pero es solo una verdad parcial, porque en esos mismos siglos de historia, aunque la naturaleza humana no cambia, las personas sí pueden cambiar. La resignación no es una buena opción.
Otra reacción es la rabia: las personas se enfurecen ante las injusticias del mundo, y la ira les da energía para combatirlas. La rabia también es tentadora porque está arraigada en una verdad parcial. Hay situaciones que están mal; la ira ciertamente puede darnos energía. Pero también podemos verlo a lo largo de la historia: la rabia no construye realmente un mundo mejor. La rabia simplemente deja a su paso un camino de destrucción. Después, alguien tiene que reconstruir. La rabia no es una buena opción.
Hay una tercera reacción —una que no se busca mucho, pero que quisiera proponer para nuestra consideración—: la reparación.
La respuesta más profunda y eficaz ante los males del mundo la encontramos en el ejemplo de Jesús. Él no se resignó ante el estado pecaminoso del mundo, ni vino movido por una rabia destructiva. Entró en aquella situación. Oró. Trabajó. Permitió que los pecados del mundo se abatieran sobre Él, cargando su peso en su propio cuerpo. Así llevó a cabo nuestra redención. Y nos pidió que tomáramos nuestra cruz y lo siguiéramos.
Esto podría parecernos algo pequeño, casi demasiado pequeño: ver las injusticias del mundo y no responder con grandes cambios estructurales, sino simplemente entrar en ese problema mediante mi propia oración y hacer reparación por ese problema en mi propia vida.
Pero aquí está la cuestión: ¡Dios parece preferir lo pequeño! «Y tú, Belén de Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá para mí el que ha de ser gobernante de Israel». Belén era pequeña. Nazaret era pequeña. Israel era pequeño. La salvación llegó al mundo desde esos lugares pequeños. ¿Podría también llegar al mundo desde nuestras pequeñas vidas?
Digo todo esto porque esta semana conmemoraremos el 25.º aniversario del 11 de septiembre. Veinticinco años después, ¿de qué tenemos hambre?
Jesús nos dice que «con la medida con que midan serán medidos». Sentimos la tentación de ofrecer resignación, ¡y no sin razón! Pero ¿realmente queremos que Dios nos dé resignación en esa misma medida? Sentimos la tentación de ofrecer rabia, ¡y no sin razón! Pero ¿realmente queremos que Dios nos dé rabia en esa misma medida?
¿Y si, en cambio, tenemos hambre de que Jesús viva en nosotros y se manifieste a través de nosotros? Entonces, como Él, podríamos hacer de nuestra vida —de nuestra oración y nuestro trabajo— una reparación.
Esa sería una respuesta más profunda —la respuesta más eficaz— ante los males del mundo.